Archive for soledades
Desprenderse.
Me desprendí de ti con la amargura sellada en los labios
de no sentir lo dicho y
de no comprender un NO como opinión.
+ Silencios
Este rincón se escribe en silencio, sin duda alguna. Se escribe en el silencio de las noches cuando la única luz que alumbra el pensamiento atenúa con sus sombras el alcance de las palabras. Se escribe en el silencio de una habitación perdida en el mapa mientras el mundo gira constante en su devenir, lejano a todo acto desprendido por mí. Este rincón se escribe en los silencios de un cigarro en un amanecer o un atardecer, en los silencios momentáneos antes de desvanecerme entre los sueños, en el silencioso amanecer de cualquier día laboral, en los silencios de una siesta festiva o en los silencios que por sí mismos yacen en mí y se desprenden levemente hasta caer en este saco roto que va amontonando silencios de mi vida.
No me quejo. Es lo que busco, encontrar mis silencios y dejar que recreen una partitura todavía por determinar. Trazar una línea en el tiempo cuya huella sea borrada silenciosamente sin más. Las lecturas, con toda seguridad, sean del mismo modo silenciosas, no hay carencia de ruido, no hay carencia de sonido ni de musicalidad en mis palabras, existe un silencio que habita en mí del cual me desprendo silenciosamente sin más determinación que el propio silencio formado.
Algunas veces, tanto silencio abruma ensordecedor.
A lo lejos…
A lo lejos mientras duermo vislumbro la desnudez de tu cuerpo arropada entre mis sábanas, solitarios paseos en el eco de un llanto distante se me antojan cercanos arrullando y meciendo entre mis brazos la ternura de una sonrisa que la distancia me clava como puñal ardiente en pleno corazón. La añoranza me viste cuando tus sonrosados mofletes se me aparecen mientras chapoteas en el agua la curiosidad que fluye de ti. Abrazarte, abrazaros, es el deseo mantenido en espera. Cuando pasen los días el deseo permanecerá a la espera de otras lejanías a sufrir y el abrazo vivirá su momento antes de desvanecerse en agradecida sensación de un recuerdo.
Me faltas tú, me falta ella. Lo efímero se crece eterno.
Y si me desvisto, si me despojo de toda prenda que viste mi sociabilidad, solo un deseo aparece… estar cerca de vosotras, teneros cerca de mí.
Incapacidades
Lo reconozco. Soy incapaz de plasmar una imagen real en un trozo de papel, y bastantes sudores me cuesta el esfuerzo que realizo en ‘desdibujar’ realidades en el ‘diario arrítmico’. No sé dibujar, nunca he sabido y tampoco pretendo convertirme en un Cezanne o en un Klee, pintores a los cuales por circunstancias de la vida les tengo un aprecio especial. Esta incapacidad por el arte pictórico y la tozudez en mantener una serie de dibujos inconexos entre ellos e irlos introduciendo en mi virtualidad consciente, hacen que me pueda permitir la desfachatez o libertad de captar pequeñas ideas de mi realidad inconsciente. A más a más, desde que un conocido me colgó el San Benito de ciclotímico, mi desfachatez se ha convertido en desvergüenza y gusta dedicarme a realizar actos incontrolados por mi capacidad. ¿Me pongo a prueba? No, ni mucho menos, me recreo en la pureza del vestigio infantil que todavía permanece en contacto con mi persona. En realidad únicamente aplico el dicho ‘para empezar a dibujar solo es necesario lápiz, papel y ganas de probar’; dicho aplicable a, por no decir todas…, casi todas las artes. Pero no, no considero ni un apéndice de mi como Arte, ni tan siquiera considero el Arte como una fluida sustancia recorriendo mis venas o como reactivo absoluto de la química del pensar, no obstante, reconozco un apego a él, olvidadizo, inconstante y tantas veces irrisorio.
Hace un par de días leía en un libro de Mauriel Barbery, ‘La elegancia del erizo’ -para ser conscientemente exactos-, una frase profusamente meditada y, ¿por qué no?, calculada en su propio raciocinio, cerrando capitulo con la misma suavidad que cerraríamos la puerta de una habitación en la noche y alejándonos descalzos a pies puntillas. El Arte es la emoción sin deseo. Silencio en la noche. Mairim lee, Ania duerme; con los brazos extendidos, plácidamente. De pequeño me educaron con una idea equivocada de un cielo angelical, un angelillo duerme en mi habitación. ¿Me engañaron o me encuentro en los cielos? Supongo un poco de cada cosa. El Arte es la emoción sin deseo; releo. Intrínsecamente la frase me agrada y sorprende o, puestos a jugar con el lenguaje, me sorprende gratamente, no obstante el hecho de haberme parado en ella, sin pensar, ahondando en lo más interno de mi escaso conocimiento y delatando obcecadamente una infravaloración constante, creyéndome incapaz de asimilar, de entender o comprender, significa una absoluta certeza en la afirmación o una disconformidad oculta a la cual debo estas líneas. Aunque el hipotálamo, con su función reguladora, algo tiene que decir al respecto.
… la emoción sin deseo. Desechando el Arte, toda su vehemencia, majestuosidad y grandeza, emoción sin deseo ocupa mi mente. Emoción sin deseo; me lleno. Denoto, al releer constantemente, una apetencia continua hacia la lectura constante de la misma frase final, una súbita alteración de mi ánimo carente de cierta conmoción somática; emoción sin deseo. Eso es, si el deseo representa un movimiento afectivo hacia algo que se apetece y la emoción representa una alteración intensa y pasajera acompañada de cierta conmoción somática; (entonces) un movimiento afectivo carente de conmoción, lo que se dice en lenguaje coloquial ’ser atento’ representa el súmmum proyectado por el intelecto humano. Realmente no sé si he entendido la frasecilla –ahora se me antoja más punzante- o si la autora no se ha sabido explicar o si ha sido mal traducida… No lo sé. La primera idea concebida había sido nuestra particular expresión de la emoción; únicamente nos emocionamos cuando deseamos, cosa no del todo cierto pues nos emocionamos en un entierro sin apetencia alguna. ¿Arte oculto? Se me antoja frase trampa de las que quedan bien soltarlas, en una exposición rodeado de cuatro amigos de unos amigos de tus amigos, mientras piensas -¡He aquí mi granito de arena, mi insignificante aportación, mi piedra angular del día, a vuestra antojado y descomunal derroche de energía! ¡Pensad, pensad, intelectuales! ¡Dadle vueltas al tambor y apretad el gatillo! Certeramente, antes de atinar en el significado, os hallareis todos muertos.
El Arte es la incapacidad del ser humano de reconocer sus limitaciones. El Arte es belleza sin esmero. El Arte es virtud indispuesta. El Arte es manifestación desinteresada. Arte, ¡trae y reta!
Retornando al principio, y finalizando, soy incapaz de observar el mundo con los ojos que me fueron dados. Soy incapaz de todo y nada a la vez; retoño de pensamientos absurdos. Al fin y al cabo; tristemente feliz. Muy feliz. Vivir es el Arte.
llanto.
Somos agua de mar. Nacemos despojados de nuestro habitad natural. Y lloramos la pérdida sufrida, cuando nuestro mundo se vuelve tierra de todos. Nos vemos obligados a compartir nuestros temores, nuestras alegrías, nuestra vida. No hay vuelta atrás. Un único sollozo se extiende desde nuestras entrañas convirtiéndose en gemido, en grito, en tremendo alarido incomprendido. Estas vivo dicen ellos, el dolor me muere balbuceamos desentendidos. Somos un mar de lágrimas; de principio a fin. Lloramos cuando el hambre nos arrecia estrujando nuestras entrañas desgarrándonos nuestro ser, sin comprender, sin saber de otro alimento que el que emana, no sin esfuerzo, de un endurecido pecho que también llora de dolor. Alimentar siempre duele; ser alimentado, en un principio, también. Lloramos cuando la oscuridad se vuelve hacia nosotros, cuando la luz se vuelve tenue y las sombras cobran inesperadas formas. Lloramos ante el temor de volvernos, dar media vuelta y desandar el corto camino andado. Lloramos cuando los sueños abstractos, incomprensibles, se apoderan de nuestra corta vida. Lloramos al no distinguir sueño y realidad. Lloramos por antojo, cuando no somos escuchados, cuando el silencio se mece en una habitación luminosa y todo pare extraño, de otro mundo, cambiamos de mundos constantemente sin saber. Lloramos cuando nos dormimos asustados, rodeados de cuatro paredes, y despertamos abrumados por los colores desconocidos de otras cuatro paredes más. Lloramos cuando buscamos el afecto, el calor incondicional de otro cuerpo conocido mucho antes de estar aquí.
Crecemos entre sollozos, entre lloros, entre gemidos, en el llanto constante de nuestro devenir. Detrás de una alegría siempre existe un lamento. Alimentamos nuestras lágrimas con la saudade incierta de no entender que hacemos aquí. Descubrimos que nos quieren, descubrimos el amor y nos irrita con llorera la falta de atención. Encaprichamos y enmascaramos nuestros temores con la fortaleza crecida de poco a poco ir entendiendo el juego obligado brindado por la vida. Falseamos el sollozo, enmascaramos el lamento y aprendemos lentamente a engañar, en definitiva a vivir. El primer amor, un clamor se vuelve doloroso gemido, un clamor plañido. Una queja y más dolor. Lloramos las inmensas alegrías, lloramos en las lindes de un adiós, lloramos el reencuentro y lloramos la soledad. Lloramos y lloramos, sollozando un despertar, sin más, sin saber por qué. Nos despertamos un día con el alma retorcida y mirando al extraño mostrado al otro lado del espejo, buscamos su mirada con temor y nos preguntamos, de nuevo, el por qué de todo dolor. Solo encontramos una respuesta confortable, una única respuesta a una pregunta despojada de toda ella. De nuevo un sollozo convertido en llanto nos resbala por la piel y caemos en la cuenta que no existe otro confortable conocido que aquél que acompañó la salida de nuestro desamparado mundo hacia un definitivo acontecer en una tierra plural. Somos singulares ante nuestros lloros, compartimos alegrías escondiendo nuestras lágrimas.
Lloramos cuando el adiós es definitivo, para siempre. Lloramos ante el dolor, ante la incomprensión, ante la nostalgia y la emoción. Lloramos en soledad o abrazados en el amortiguado colchón del calor de un cuerpo. Lloramos alzando la vista al cielo, dispersando las estrellas, lloramos en el horizonte o acurrucados en un rincón, andamos llorando medio escondidos y pocas, muy pocas veces, lloramos altivos mirando al frente sin girar nuestra vista hacia lo que dejamos atrás.
Somos lloros, un incesante goteo de salada agua de mar.
De más
Creo haber alcanzado el límite. Atrás quedaron esos días en los cuales no necesitaba emborrachar a una mujer para conseguir alguno de sus favores; aunque alguna por propio mérito se emborrachó para sacar fuerzas de flaqueza e imaginarme menos feo de lo que soy, o de guapo subido antes de abalanzarse a mis brazos y hundir su lengua en el interior de mi boca. Atrás quedaron y, ahora, sólo me quedo, con mis propios límites expandiéndose, ocupando vacios día a día, mes a mes, año tras año. Mi corazón se ensancha y, en discordancia, cada día dormido le supone más esfuerzo, más cansancio, regarme con mi propia sangre.
Mis fronteras se ensanchan, se encuentran en pleno periodo de expansión, conquistan silenciosamente territorios inexplorados, espacios, qué como en las palabras, se forman entre tú y yo, acortando distancias impuestas, rellenando olvidados vacíos, reafirmando la voluntad de querer ser, de ser querido, de ser amado y amar. Voluptuoso sentimiento. Todo tiene su precio, todo tiene su peso. Y lenta e inexorablemente, se me escapan las profundidades mostrándote mi contorno; mientras, amanece, mientras, duermes.
Vivo de silueta distorsionada, de flácidas líneas caídas esforzándose por contrariar la voluntad de la gravedad. Mi alma se eleva y, en contrapartida de nuevo, mi cuerpo decae, siento la necesidad de engullirme de Tierra, y me pesa; y me vence. Muy a mi pesar, una parte de mí dice que corra, que no me pare, que despeje toda incógnita de la ecuación y que no deje de mirar el texto mientras escribo; cada vez son menores los errores. En cambio, pues todo en esta vida tiene sus en cambios, contrapartidas o contrariamentes, la otra parte restante de mi, la que en realidad no resta sino suma, me espeta en mi estanqueidad absoluta, reafirma su voluntad no de ser sino de estar, de permanecer; impertérrita a todo cambio, a todo esfuerzo supuestamente dado por la movilidad. Permanecer versus huir. He aquí mi gran dilema. Permanecer tal como estoy, ensanchando mis límites, expandiendo mi micro-universo, o en contrapunto, ser estrella fugaz.
Sea como sea, ayer noche, mientras intentaba calzarme los pantalones de un traje de hace dos inviernos, algo saqué en claro.
rasca rasca
Últimamente ando escaso de soledades; es decir, me es difícil encontrar esos espacios íntimos en los cuales uno da fe de su propia y absurda existencia. Así pues, ando rascándole a los días migajas de tiempo que voy guardando con recelo en las profundidades de un cajón; compartiendo espacio entre calcetines dispares y calzoncillos deshilachados.
Hoy, al levantarme, he abierto el cajón y de un puñado he conseguido ganarle al tiempo cinco minutos y treinta y cinco segundos -rara es la semana que consigo arrancar cuarto de hora o media hora de un solo bocado- y, con el tiempo almacenado, me he puesto a hacer una de las pocas cosas que le dan algo de ‘alegría’ a mi vida: escribir por escribir.
Los espacios íntimos son, realmente, necesarios. En ellos almacenamos migajas de fuerza que nos ayuden a continuar, día tras día, en el absurdo arte del vivir. Y es que todo en esta vida se almacena absurdamente;cuando sobradamente sabemos de la llegada de un día en el cual nos desprendemos de toda nuestra teatral representación; cuerpo incluido. Mis migajas de fuerza algunos días pasan por un corto paseo matutino por la playa de Badalona; cuando el día está a punto de rasgar el oscuro telón de la noche donde ya no yacen brillantes esculpidos. ¿Cayeron entonces todos ellos empujados por la gravedad hacia el fondo marítimo?. Ni lo sé ni lo creo, pero me gusta esperar pacientemente el momento en el cual un pez se acerque a la orilla y me muestre en su boca, en vez de un cebo, una estrella caída del cielo movida por su curiosidad. Ni lo sé, ni creo que esto algún día me llegue a suceder; pero si sucediera, ese día dejaría de levantarme de nuevo para ir a trabajar y correría hasta mi casa con una estrella reluciente entre las manos para regalar a Miriam y Aina el mejor de los despertares que ser humano pueda imaginar.