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Una palabra vale por infinitas imágenes.
Nunca he entendido al género humano, ni creo que muera comprendiendo(lo). Llegó en un atardecer de cielo limpio en otoño, con el sol filtrando sus largos y rojizos brazos, deseoso de mecer las ruborizadas hojas de los árboles y dispersando al viento tiritantes palabras rebosantes de melancolía. Llegó y cagó. Dejando en la cuneta caer, frontera entre dos mundos tan próximos y lejanos a la vez, tan distintos y dispares en la forma de afrontar la vida, mientras el asfalto, representante de su mundo, engulle caminos de arena y desgarra la tierra fragmentando su pálida piel, su preciado y oscuro legado. Sin más, evacuó prestamente su necesidad, a modo de huir de la muerte como el que opina sin vacilar en su sandez sólo por oírse vivo, errando en la introspección dirigida del acto, marrando la dirección. Si hubiera meditado un segundo, parado un momento la incesante verborrea mental, dirigido la opacidad de su mirada y visto el amanecer erguirse detrás de él, si no hubiese dado la espalda al mundo odiado en su desconocimiento, hubiere extrañado la negra silueta incrustada en el recién levantado sol, hubiere reconocido el peligro enfilando hacía él y quebrado la guadaña del destino ya perpetrada en su movimiento. No fue así. Optó por desenfundar sus muslos en dirección hacia la carretera, cobijado por el ángulo formado entre la puerta abierta y el automóvil, recelando la curva anteriormente transitada en el momento en el que la negra figura dibujaba su forma en el llano postrado detrás de sus pies. Sintió un tremendo impacto y el dolor de ver sesgadas sus piernas a la altura de la rodilla, en el interior del coche, cerrada del golpe la puerta e inmovilizado de dolor, atisbó un asta ¿de toro? diana perfecta en el corazón. ¡Mierda! –jadeó, y expiró.
Una palabra vale por infinitas imágenes representa la voluntad del ser humano de ordenar todo cuanto le rodea, agrupando objetos y sensaciones según su criterio. Así pues, la palabra árbol agrupa infinitas imágenes de árboles. Tantas que nuestra mente es incapaz de abarcar y racionaliza con una única palabra: árbol, quitándole todo detalle y conceptualizando la existencia. Así pues en nuestra mente un árbol es un concepto con infinitas imágenes incapaces de sernos mostradas una a una. En un intento de mostrar los infinitos árboles existentes en nuestra mente empezaríamos utilizando adjetivos, jerarquizando pues la agrupación árbol en distintas clases. Árbol triste, árbol seco, árbol tupido, árbol caído, etc… Aún así, estaríamos toda una vida para poder llegar a detallar la infinidad de imágenes que la palabra árbol puede aportarnos. Una palabra vale por infinitas imágenes dada nuestra incapacidad retentiva del detalle.
Una imagen vale por mil palabras representa la voluntad del ser humano de cuestionar las propias limitaciones del lenguaje y por antonomasia de sí mismo. Si bien el propio lenguaje nos abre la capacidad de expandir en infinitas posibilidades el mundo que percibimos, una imagen detalla, capta e inmoviliza un determinado espacio de tiempo permitiéndonos a posteriori subjetivarla mediante el lenguaje.
Existen infinidad de imágenes que pueden mostrarnos el silencio pero nunca seremos capaces de vivir un silencio absoluto. Lo más cercano al silencio es dejar de oír el latido de nuestro propio corazón.