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Una calada.
De tanto fumar un día tosió y se le fue por la boca el corazón cansado ya de tanto latir sin conseguir alzar su voz más allá del cof cof cof. Se puso a andar sin rumbo alguno guiado por cada una de sus convulsiones, en el primer salto logró alzarse por encima de una colilla malhumorada caída del adiós vociferado por los dientes desalineados de una boca tartamuda, en la segunda convulsión se acercó peligrosamente a las patas de un perro sin cadena, sin chip, sin amo y con muchas garrapatas sedientas de hundir la cabeza en el festín andante que ladraba libertad sin reconocerse encadenado a la tremenda necesidad de llevarse algo más a la boca que el tufo maloliente dejado escapar por el pié del motorista al encender la motocicleta enfadada por la patada gratuitamente propinada. Por los pelos se salvó en una tercera convulsión al escapar de las fauces de tan hambriento animal llegando a caer en un carrito de compra en el cual las acelgas contoneaban felizmente sus hojas sin reparar en su destino final. Exhausto de tanta emoción el corazón se cobijó entre naranjas naranjas y verdes manzanas golden, con las naranjas entabló conversación y hasta se podría decir que amistad, no pasó lo mismo con las manzanas a las cuales no entendía en absoluto cuando le preguntaban ¿Buatdulludu? en el preciso instante en el cual se dejó de escuchar el rugir cabreado de la motocicleta, el ñic ñic de las ruedas del carrito y el brum brum del autobús al retomar la marcha para dejar paso a un seco y sonoro patapuumm de tanto fumar al desplomarse sobre la calzada ante los atónitos ojos de todo el mundo exceptuando los de un par de adolescentes que en vez de asombro hacían tilin tilin sonando igual que el dedo de la señora acompañante del carrito al posarse sobre el timbre del portal para hacer saber a su marido que la parte intelectual del trabajo estaba hecha y ahora le tocaba realizar su papel, uno, dos, tres, cuatro, cinco, cientro treinta y dos peldaños roídos por más de un siglo de pies arriba pies abajo y el corazón entró por la puerta principal de la modesta casa y por el marco de la cocina que no tenía puerta por modestia también y a la cual le gustaba coquetear con el comedor poniendo a su alcance olores de guisos harto repetidos que habían vestido el papel de la pared con el hábito del paso de los años y que comedor conocía perfectamente aún cuando cocina descansaba después de una ardua mañana de chup chup chup. ¿No recuerdo haber comprado hígado de ternera? Se dijo hacia sus voluminosos adentros mientras las palabras se perdían en el pozo formado desde los labios hasta el estomago para acabar horas después viendo de nuevo la luz ante un puf maloliente y casi insonoro y acompañadas de diminutos latidos del corazón que había abandonado un cof cof cof sin haber imaginado nunca su puf final. ¿Sabes, marido? !Dime! Cada día que pasa sé que te quiero más. Yo también mujer. Hoy el hígado estaba buenísimo.