Archive for October, 2007
De más
Creo haber alcanzado el límite. Atrás quedaron esos días en los cuales no necesitaba emborrachar a una mujer para conseguir alguno de sus favores; aunque alguna por propio mérito se emborrachó para sacar fuerzas de flaqueza e imaginarme menos feo de lo que soy, o de guapo subido antes de abalanzarse a mis brazos y hundir su lengua en el interior de mi boca. Atrás quedaron y, ahora, sólo me quedo, con mis propios límites expandiéndose, ocupando vacios día a día, mes a mes, año tras año. Mi corazón se ensancha y, en discordancia, cada día dormido le supone más esfuerzo, más cansancio, regarme con mi propia sangre.
Mis fronteras se ensanchan, se encuentran en pleno periodo de expansión, conquistan silenciosamente territorios inexplorados, espacios, qué como en las palabras, se forman entre tú y yo, acortando distancias impuestas, rellenando olvidados vacíos, reafirmando la voluntad de querer ser, de ser querido, de ser amado y amar. Voluptuoso sentimiento. Todo tiene su precio, todo tiene su peso. Y lenta e inexorablemente, se me escapan las profundidades mostrándote mi contorno; mientras, amanece, mientras, duermes.
Vivo de silueta distorsionada, de flácidas líneas caídas esforzándose por contrariar la voluntad de la gravedad. Mi alma se eleva y, en contrapartida de nuevo, mi cuerpo decae, siento la necesidad de engullirme de Tierra, y me pesa; y me vence. Muy a mi pesar, una parte de mí dice que corra, que no me pare, que despeje toda incógnita de la ecuación y que no deje de mirar el texto mientras escribo; cada vez son menores los errores. En cambio, pues todo en esta vida tiene sus en cambios, contrapartidas o contrariamentes, la otra parte restante de mi, la que en realidad no resta sino suma, me espeta en mi estanqueidad absoluta, reafirma su voluntad no de ser sino de estar, de permanecer; impertérrita a todo cambio, a todo esfuerzo supuestamente dado por la movilidad. Permanecer versus huir. He aquí mi gran dilema. Permanecer tal como estoy, ensanchando mis límites, expandiendo mi micro-universo, o en contrapunto, ser estrella fugaz.
Sea como sea, ayer noche, mientras intentaba calzarme los pantalones de un traje de hace dos inviernos, algo saqué en claro.
BoToX
Hay mañanas que uno suele levantarse con un sabor especialmente desagradable en la boca. Cuando esto pasa suelo cepillarme rápidamente los dientes para quitarme los restos de susto de la noche anterior. Hoy, aún cumpliendo requisitos para una buena cepillada, me levanté y, con los ojos todavía enturbiados por el sueño, me senté a escribir el susto mientras sus resquicios todavía habitan en mi boca.
Esta noche Botox me ha perseguido. Ha empezado como una broma de mal gusto, como de película de terror de videoclub donde el listillo de turno juega a esconderse detrás de las cortinas para asustar a sus adolescentes compañeras; ya de por sí, sino asustadas, mínimamente abducidas de inteligencia.Sí. Todo a empezado en un largo pasillo con armario final incluido desde donde Botox ha realizado su primera aparición; alargando su eterna juventud al estilo hombre elástico de los cuatro fantásticos. Huidiza, ha realizado cortas apariciones, apareciendo y desapareciendo continuamente hasta llegar a cobrar forma y sentido en el sueño
Botox ha querido convencerme de su eterna felicidad, de su eterna belleza y de su eterna jovialidad gracias a los pinchazos suministrados de su mágico producto. El único inconveniente, convertirte en yonqui de su producto para que la piel no se te caiga a tiras con el paso de los años. Otro inconveniente, la fealdad de la deformidad, tanta juventud acumulada debe de tener algún tipo de inconveniente, en este caso la superelasticidad acumulada se conviente en languida flacidez de todo el cuerpo; al estilo hombre elástico
Me he asustado. Me he visto vestido para la eternidad de un traje de viscoso blandiblub, alargando el brazo para saludar y encontrarse mi pie en el suelo con mi mano caida por no soportar mi muñeca el peso de un anillo en uno de los dedos. Me he asustado, no por las situación en sí, ni por las persecuciones sufridas al negarme a una primera dosis, me he asustado ante la reflexión de saberme perpetuamente enjaulado en este mundo si Botox conseguía su proposito. Me he asustado porque no deseo la eterna juventud, no deseo la inmortalidad, no deseo tener el tiempo a mi favor para poder conocer hasta el último rincón de este planeta. No gracias, estoy de acuerdo con que al principio puede resultar divertido y, dependiendo del enfoque, hasta interesante. Pero… ¿que hacer cuando ya todo esta hecho? Además, todas las posibilidades que me vienen a la cabeza no son justamente ‘buenos pensamientos’. Mi Yo infinito no creo que fuese un bien para la humanidad.
He corrido, saltado, gateado, andado, agachado, arrastrado y finalmente escondido aquí, en mi blogósfera, de donde no pienso salir hasta que Botox desista de su intento o a mi me abran la puerta de salida de este mundo. A mí algo me dice que la Eternidad no estan buena como la pintan. Y sino que se lo pregunten a todos esos dioses que la ostentan y que nunca más han vuelto a aparecer por aquí. ¿Por algo será?, digo yo.
Un último aliento
Cuatro días después, todo síntoma de depresión cumpleañera se ha desvanecido. Solo me queda esperar hasta el próximo año y mientras, regocijarme un poco durante la escritura de estas cuatro o cinco líneas. Insistimos, al igual que el otoño se obstina en desvestir de hojas sus ramas, en tararear año tras año, la misma canción. La misma canción, los mismos errores, los mismos deseos, todos los ‘mismos’ imaginables y año tras año, sin mediar palabra sin pedirnos perdón, el tiempo va surcando nuestros rasgos, acentuando nuestro carácter y debilitando nuestro ego, y nuestro cuerpo mellado lentamente se despoja, al igual que el otoño, de todas esas hojas que no son más que lágrimas secas de nuestro corazón; deseos olvidados, amores abandonados o sensaciones muertas antes de poder ver la luz. Somos despojo, un absoluto e impertérrito goteo de alegrías y miserias que, al igual que el otoño con sus hojas, apresuramos en desprender de nosotros con la esperanza de germinar algún que otro recuerdo. Recuerdos amarillentos, recuerdos rojizos, recuerdos pasados de un otoño semejante a éste, semejante a todos los otoños pasados y por venir. Mis primaveras siempre han ido a remolque de mis otoños.
Ante tanta reiteración de la vida, año tras año, mes a mes, día a día, repetición incesante de la misma tonadilla, me abstengo de pensarme ser complejo, ser completo, me alzo minimalista -reitero: minimalista-, y me rio absurdamente de todo intento humano de amasar fortunas o conocimientos; no me gusta el otoño y, por eso, le declaro la guerra a la primavera, con sus absurdas eclosiones de colorido adolescente, con sus mediocres altivos andares… je suis ici, je suis arrivé, avec toutes mes couleurs, avec toutes mes passions… con sus aniñadas cantinelas de jugar a la comba. Definitivamente, si hay alguna estación de mi agrado es aquella en la cual no es necesario apearse, observar y, cantar sus beneplácitos o escupirle sus carencias. Si hay alguna estación de mi agrado, el día que la encuentre me apeo, dejo pasar el tren de la vida y, sentándome mismamente en el suelo, cierro los ojos, respiro profundamente y exhalo un último aliento. Un último aliento concentrado de una vida, un vaporoso resumen de alguien ya pretérito, una caja de recuerdos convertida en recuerdo, en el interior de otras cajas apeadas en su estación anhelando recuerdos, exhalando momentos.






